Nací en el 1982, en Enero y en Sicilia, una región Italiana. Llevo viviendo en la provincia de Barcelona desde hace quince años. 

Mi familia se rompió muy pronto, cuando yo solo tenía cuatro años mis padre pusieron entre sí 1200 km de distancia y el año después mi madre tuvo un accidente que la dejó en coma durante tres meses. Nunca volvió a ser la misma, pero en contra de todo pronostico medico volvió a trabajar y a tener una vida bastante normal. 

Para mí ha sido un ejemplo de superación personal brutal. Y hoy en día sigue siendo una gran maestra de vida.

Ella es quien me ha enseñado, en primera persona, que no importa lo que te pasa en la vida siempre puedes volverte a levantar.

Cada accidente, cada imprevisto pueden derrumbarte o servir de trampolín para ser mejor persona.  

No he sido una niña fácil, más bien he dado mucha guerra.

Podría decirte que le ha dado mucha guerra a mi familia y sería cierto. Me enfadaba delante de las incongruencia de los adultos, sus mentiras y sus respuestas inconsistentes delante de mis preguntas. Aunque lo que más me dolía era el frío emocional, la soledad, la falta de cuidados amorosos.

Aprendí a responder con rabia delante del dolor y me convencí que si endurecía mi corazón no lo volvería a sentir.

La guerra más fuerte la he librado conmigo misma, he sido exigente, intransigente y, en algunos momentos, desconsiderada en mis decisiones y en el trato conmigo misma. Ahora reconozco que se me fue la mano con la dureza.

Con veinte años me sentía vacía.

Buscaba llenarme en fiestas, relaciones poco sanas y amistades superficiales, no tenía ni idea de que significaba profundizar en mí misma, conocerme o dejarme conocer eran quimeras. No creía en nada que no fuera demostrable empíricamente y las emociones eran debilidades peligrosas.

Con veintidós años pasé por una intervención quirúrgica que me dejó muy frágil, de la cual me recuperé con mucha dificultad, así que de repente ya no me resultaba sencillo guerrear cómo hacía antes.

Aunque seguía intentando, al fin y al cabo «la cabra tira al monte».

Con veintitrés acompañé mi padre en sus últimos momentos de vida y entonces todo el castillo de mentiras, fiestas, drogas y superficialidad cayó definitivamente.

Mi perspectiva delante de la vida había cambiado radicalmente.

Fue cuando comencé a buscar.

Pero… ¿buscar qué?

Buscaba algo que diese sentido a mi vida.

Buscaba un camino fértil en el cual florecer.

Buscaba amor.

Cuando el corazón se endurece para evitar el dolor también se hace insensible al amor. Con el tiempo aprendería que no se puede escoger qué emociones sentir, solo se puede desconectar indiscriminadamente de las emociones.

Tarde cinco años en encontrar la terapia gestalt y el eneagrama, era el 2008 y yo tenía 26 años. 

Enseguida me di cuenta que mi deseo de un camino fértil había sido satisfecho.

La vida es sabía. 

Decidí profundizar, bucear en esta disciplina y en el oficio de terapeuta. 

Y decidí hacerlo largo y tendido, no me vale sentar cátedra desde unos conocimientos meramente intelectuales, yo quería la experiencia.

Fiel a la visión de Guillermo Borja cuando dice que «el terapeuta debe, en el sentido ético del deber, haber vivido en sus carnes el camino en el cual acompañara su cliente».

La vida es la maestra, con ella he aprendido y sigo aprendiendo. 

Aquí encuentras un escrito donde agradezco a mis maestro haberme permitido no solo adquirir conocimientos teóricos, si no haberme acompañado en la experiencia necesaria para trasformarme de una guerrera desbocada en una guerrera más consciente. 

El proceso de transformación no tiene que ver con volverte en una persona diferente, tiene más que ver con ser consciente de quién eres y poder poder vivir y tomar tus decisiones con la libertad de la que ya dispones.

Mira, toda aquella desagradable sensación de vacío se fue cuando cuando dejé de reclamar hacia fuera y comencé a mirar hacia dentro. De esta manera pude dejar de ser mi critica más severa y comenzar a trabajar en un tratado de auto-alianza.

Por ahí, en la red, dicen que la psicoterapia sirve para reparar traumas de la infancia y que se centra en el pasado, te aseguro que esto no es así, por lo menos no la psicoterapia de la gestalt. 

Es el momento presente el único que interesa, se va al pasado si hay traumas o situaciones inconclusas que impiden vivir plenamente el momento presente. 

Para mí la psicoterapia gestalt tiene que ver con el arte del buen vivir, resolviendo las dificultades de la vida por que la vida no es rosa ni es, en su mayoría, fácil. Y disfrutando plenamente de los momentos de alegría y amor, por qué los hay aunque en el peor de los escenario puede haberlos.

Lo sé por que lo he vivido en mis carnes y porque lo en he visto muchas personas que han confiado en mi y en el proceso terapéutico que ofrezco.

Ahora llevo nueve años en este oficio y después de cada terapia sigo sintiéndome feliz y agradecida de haber encontrado mi camino fértil y de facilitar el cambio a quienes deciden trabajar conmigo y aprender el arte del buen vivir.