¿Cómo sería el mundo si todos dijéramos lo que pensamos?

Después de escribir el mail de ayer, me vino esta pregunta: ¿Cómo sería el mundo si todos dijéramos lo que pensamos?

Para algunos sería un infierno y para otros un paraíso. 

Cuando hablo de política (en el mail de ayer hablaba de política) me visitan los fantasmas, los miedos, que tengo respecto a ser sincera. Son miedos muy profundos, aprendidos de pequeña en Sicilia. La mafia no es solo cosas de películas, y en la Sicilia de los años 80 no se debía hablar de ciertas cosas: la política era una de ellas. Tengo unas amigas vascas que me cuentan que en su tierra pasaba/pasa algo parecido. Todos sabían, pero nadie hablaba. 

Y este es un miedo profundo que se genera en el entorno cultural y se transmite a la persona. Como si diciendo la verdad pudiéramos ser más frágiles. Como si me pudieran atacar o dañar por ello. 

Así nos alejamos de nuestra verdad personal. Porque yo creo que dentro de nosotros tenemos una pequeña voz que nos dice qué es lo verdaderamente importante.

También es cierto que lo «verdaderamente importante» a menudo entra en conflicto con la consecución de logros «efectivos» y «eficientes», con aspectos prácticos de la vida cotidiana.

Esto puede generar conflicto dentro de nosotros. Llega un momento en el que parece que debemos elegir entre el corazón o la cabeza. Digo «parece» porque no creo que escoger uno u otro sea el camino más satisfactorio. 

Lo más importante es facilitar el diálogo entre la cabeza y el corazón. Con el diálogo se puede llegar a un compromiso, un tercer lugar que incluye ambos y que no es ninguno. 

Claro está que cuando te identificas mucho con uno de ellos, esto no es posible. Solo ves un camino. Esto es peligroso. 

Imagina estar en la montaña y, fuera del sendero marcado, ves a lo lejos un árbol muy raro, típico de tu infancia. Sientes que quieres acercarte para tener un momento romántico contigo. Quizás la cabeza te diga: «Oye, que no es muy seguro ir hasta ahí» y el corazón conteste: «anda, que no está tan lejos».

¿Qué hacer?

Está claro que cada uno tiene el derecho de tomar su propia decisión.

Se puede abrazar el árbol, se puede seguir el camino, se puede hacer una foto, se puede trazar un dibujo o se puede llegar a un sitio seguro desde donde contemplar el árbol y re-cor-dar (volver a pasar por el corazón y dar) los bellos momentos vividos juntos, darles espacio, acariciarlos y entregarlos a la vida. 

Así se puede retomar el camino habiendo elegido y llevándonos los frutos de nuestra decisión. 

Quizás decir la verdad respecto a lo que pensamos y sentimos sea el camino para defender la democracia, pero no necesariamente el camino para el bienestar personal. 

Quizás haya que llevar la democracia dentro de nosotros. Esto significa llegar a un diálogo democrático, tomar acuerdos y compromisos con nosotros mismos. 

Quizás… 

… Quizás no, estoy segura de que el proceso de psicocounselling gestalt conmigo te servirá para facilitar el diálogo contigo, para que tu corazón y tu cabeza se conozcan y se respeten. Esto te interesa.

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Cristina