Estoy trabajando en un video donde me presento y hablo de mi historia. Es increíble lo incómodo que me resulta hablar de mí, sin maquillajes y sin adornos. La emoción que más predomina es el miedo y la vergüenza. La vieja preocupación de ¿qué pensarán de mí? Sin embargo, también siento la necesidad de deshacerme de estas viejas costumbres. 

El único antídoto del miedo es el coraje.

A menudo pensamos que el coraje, la valentía, es la ausencia de miedo. Eso no es así. El coraje no existe sin el miedo. Sería inconsciencia, sería una mentira. 

El miedo es una de las cuatro emociones básicas y es una de las principales responsables de nuestra evolución. El miedo hace que nos protejamos delante de un peligro. El miedo es el que te dice cosas como: «Vas demasiado rápido al volante»; «has bebido demasiado, coge un taxi»; «no te quedes sola en el aparcamiento con aquel tío». El miedo sirve para que sigas vivo. 

No me gusta enfrentarme al miedo con rabia o con críticas, no creo que sea necesario erradicarlo de mi vida. Sin miedo soy una kamikaze y los kamikaze no acaban demasiado bien.   

Hace unos días escuché una entrevista a la escritora de Come, reza, ama. En ella contaba que ella no quiere eliminar el miedo, si no que lo invita a la conversación. Lo que hace es limitar su rango de acción: «Es como ir en el coche con el miedo y hacer que se siente en el asiento de detrás; no va a tocar el volante, no va a tocar la radio ni ningún comando del coche, pero lo puedo escuchar». 

Imagino que esto le permite tener un buen margen de libertad para crear. 

Aunque no tengamos una vida creativa demasiado desarrollada, el miedo nos visita a menudo. Imagino que conoces sus efectos en tu día a día, por ejemplo cuando conoces alguien nuevo y no te atreves a hablar con esta persona, o cuando quieres hacer una pregunta en una clase y no te ves capaz de levantar la mano; cuando quieres proponer una nueva idea a tu jefe o cuando tienes que tomar una decisión respecto a tu vida. 

Estos, y muchos más, son ejemplos de cuando el miedo actúa fuera de lugar. 

Tu vida no está en peligro y el miedo se activa para protegerte de un peligro relacionado con alguna necesidad neurótica, como gustarle a todo el mundo o no recibir críticas, no llamar la atención o cualquier otra exigencia que te impide vivir libremente. 

En este caso el miedo requiere coraje.

Cuando tu indemnidad está en riesgo, te aconsejo vivamente hacer caso a tu miedo; mientras que cuando debes tomar una decisión o comenzar un nuevo camino, es buena idea escucharlo y dejar que surja en tu corazón la dosis necesaria de valentía y coraje para poder ejercer tu libertad. 

Si frente a una decisión importante permites que sea el miedo quien conduce tu vida, estrecharás cada vez más el círculo de tu libertad hasta que ya no te quede más espacio que el estrictamente necesario para ser su esclava.

No sé tú, pero yo quiero aprovechar esta posibilidad que me da la vida para ejercer mi libertad, no mi miedo. 

Si estás de acuerdo conmigo, las sesiones de Terapia Gestalt te sirven para recobrar la valentía necesaria de ser tú mismo y gozar de ello.

Te abrazo

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